Porlamar
18 de septiembre de 2018





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En busca de los valores perdidos
La ciudad de ahora es una jaula con fieras encerradas, que se atacan entre sí o, para decirlo de frente, ya no se aceptan y, cada quien defiende como sea lo que tiene conseguido, no importa si robado o sudado trabajando. Gana el que grita, el macho, el apoyao.
Ángel Ciro Guerrero angelcirog@hotmail.com

6 Jul, 2018 | La rabia se aprecia en la gruesa mayoría de rostros que plena la calle. Mirada audaz, penetrante, de advertencia y amenaza. La palabra es dura, fea. Dicha sin asomo alguno de piedad. Hiriente y audaz en el atrevimiento. No importa edad ni sexo del que la espeta como ofensa. Puede adivinarse el empujón incitando al enfrentamiento. Cualquier intento de respuesta al abuso, dará mayor fuerza a la bestia disfrazada de hombre que se mueve entre la miseria de alma y la rabia contenida.

Las nuestras son ya ciudades de apenas habitantes, no de ciudadanos, donde se perdió el horizonte, porque lo marginal en todo sentido venció lo que antes era buen trato, el más o menos vivir, entenderse y respetarse en sociedad.

El ayer se añora y se llora el haberlo perdido. El hoy es peligroso y el miedo reina.

Porque ya no es solo la ilegalidad protagonizada por la autoridad que representa algún policía o guardia corrupto, cobrando para no llevarse preso cuando la razón la tiene el victimado. Lo evidencia la bachaquera que enrostra en la cara del que le reclama la espeluznante especulación, el mayor cúmulo de escatológicas imprecaciones. También en el chofer de bus y su escudero, el colector, humillando a la anciana que, atemorizada, paga su medio pasaje con arrugados billetes de cien.

En el sirio, turco y árabe que vende, entre pantaletas y calzoncillos, alimentos a precios exorbitantes y, tal como los chinos, carajea en su lengua al que le argumenta que la sombrilla, por ejemplo, que vende hoy en millones de bolívares, la importó hace años de Shanghái a precio de gallina flaca.

La ciudad de ahora es una jaula con fieras encerradas, que se atacan entre sí o, para decirlo de frente, ya no se aceptan y, cada quien defiende como sea lo que tiene conseguido, no importa si robado o sudado trabajando. Gana el que grita, el macho, el apoyao.

¡Qué difícil para el cronista, que anda en cruzada, buscar los valores
perdidos...!




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