Porlamar
18 de octubre de 2018





EL TIEMPO EN MARGARITA 25°C






Identidad insular en las venas
Por eso, hablar de Margarita es hablar de un gentilicio que se ha expandido por el mundo entero; el margariteño ha sabido penetrar los corazones de quienes tienen contacto con él, es su espontaneidad.
Verni Salazar

30 Ago, 2018 | Originalmente fue la Margarita de nuestros antepasados los guaiquerí, que inocentemente mostraron al conquistador las bellas perlas que extraían de Cubagua. Sin esperárselo, aparece la Margarita mestiza, a juro, sometida por la imposición de la vorágine hispánica.

Y luego la Margarita heroica, la de Mariño, Arismendi, Gómez, Díaz, García, Tubores, entre otros, que al calor de la lucha, con sangre, coraje y valentía tiraron al mar la bota inquisidora del español, convirtiéndose en el primer bastión venezolano en quedar libre para siempre de ese yugo.

Por eso, hablar de Margarita es hablar de un gentilicio que se ha expandido por el mundo entero; el margariteño ha sabido penetrar los corazones de quienes tienen contacto con él, es su espontaneidad, caracterizada por sus acciones y sus gestos, su solidaridad demostrada constantemente con los que están a su alrededor y más allá.

El tiempo ha tratado de socavar en sus bases sentimentales, en su cotidianidad; pero la sangre guaiquerí que navega en su cuerpo, la algarabía de la cotorra cabeciamarilla, y la fortaleza del guayacán, le permiten soportar los embates de este “desarrollo” que nos invade paulatinamente, disfrazado primero de Zona Franca y después de Puerto Libre.

Los fantasmas de nuestros antepasados se han aliado con la Virgencita del Valle y el Cristo del Buen Viaje para formar un gran frente, y montados en la Lancha Nueva Esparta, con el amparo y el empuje del Pez Patriota de Miguel Rivera, custodian nuestros mares, mientras nosotros los margariteños acompañamos esta odisea con la lucha diaria por mantener esta margariteñidad e insularidad que nos diferencia del resto de los venezolanos, es nuestra idiosincrasia, única en el mundo y pancarta de esperanza que se extiende por todos lados, como antorcha perpetua que alumbra desde los 920 metros del cerro San Juan, con un mar que más que agua salada es el camino abierto a todos los horizontes.

En tiempos de la emigración forzosa, cuando el margariteño se vio en la imperiosa necesidad de abandonar su isla, supo llevar su identidad a cada uno de los puertos donde se ancló: “Toda clase de barcos eran aptos para realizar el viaje, goletas, balandras, trespuños, en su bordo iban los margariteños. Amanecidos de chubasco y de sal. Alegres de polo y galerón y gaita. Mal comidos de funche, lebranche y lisa. Plenos de voluntad y de esperanzas para saturar de frescor la ardentía de la tierra nativa y trocar de fecundidad la aridez de la insular nacencia, que obligaba a emigrar”.

El Dr. Luis Beltrán Prieto Figueroa nos dice: “…el hombre se hizo en labor y cuando la sequía era angustia de todos, emigraba a la Tierra Firme donde sus faenas rendían mil granos por un grano, fundaron lejos labranzas de pan llevar y las haciendas de cacao, de café, de coco, de caña y plantas duraderas de cosechas fijas, el mar era el tránsito perenne para alimentar a la Isla y trabajo permanente o transitorio, ciudades de la Costa, del Llano, de la desembocadura del Orinoco y de las márgenes del Lago de Maracaibo, de las tierras de Anzoátegui y Monagas son asiento de los margariteños”.

Y en cada espacio donde se puso a prueba su brazo y su honradez, quedó en alto el gentilicio margariteño, regado por los paisajes de la tierra firme venezolana, donde se escribe con la frente en alto la calidad del paisano insular, allí sus hijos y nietos se quedaron pero en ellos está marcada la Identidad primigenia, esa que nos hermana y que alegre galopa o navega por
nuestras venas.

Yo soy Identidad… somos Identidad.




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