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"Orilla Sagrada"
Hoy, en Transeúnte, parte de "Orilla Sagrada", mi antología poética.
Juan Ortiz

27 Mar, 2019 | II

Guárdame allí,

en el cementerio de conchas nacaradas,

donde las preguntas de mil cuerpos duermen

y las respuestas no visitan.

Nos tocó la mudez del coral,

un sol de perla en la cornisa

y el abrigo de unas redes que aguardan la faena en la enramada.

Yo también busco la fisura en la ventisca,

la brecha que lo una todo,

el vinculó que empalme los espacios,

los senderos rotos en la ensenada,

hasta cansarme y que aparezcas cuando ya no te espere.

V

Te hablaré de amor,

sí,

pero no todo será escrito.

Habrá silencios necesarios,

sí,

la voz de los ojos,

para que nada se escape.

Te hablaré,

aguarda descalza en la orilla

que no será lo mismo

sin tus huellas cómplices

consteladas en la arena.

X

Hay una taza de café en tu boca.

Anochece.

Amanece.

Y no tengo sueño.

III

Creo haberte dicho que me gustaba

cómo se colaba la mañana por tus cortinas,

como un café de luz que tomaban nuestros cuerpos

después de sostener toda la noche

la mejor batalla que siempre librará el hombre.

Recuerdo que cité a Márquez

una tarde en el coloquio habitual,

Úrsula estaba allí con Aureliano,

viejos, impávidos,

pidiendo con sus miradas de pueblo olvidado

que les dejáramos descansar,

porque no es bueno tanta dosis de memoria

y sus muertos aguardaban por ellos

para proseguir las líneas de la historia allá en Macondo.

"Lo que va a pasar, ya pasó",

te dije.

Sonreíste y me miraste con tus ojos hinchados,

mientras te quejabas de los dolores de tu cuerpo

que se estaba adecuando a nuestras contiendas.

No importa que hubieses comido,

tu aliento era afrodisíaco a cualquier hora,

no veía la imperante necesidad de peinar tu cabellera,

su estado mejor siempre era el que resultaba

luego de mecerlo entre mis manos inquietas.

Creo haberte dicho que me encanta tu andar apresurado,

como si la vida se te escapara,

mientras ando pendiente de tu contoneo

—reptil como ninguno—

y de tu aroma peculiar llamando cada instante

a amanecer de nuevo.

Me gustaba cómo se colaba la mañana por tus cortinas,

si mi mente no me engaña,

sí,

te lo dije,

lo rememoro hoy en particular que ando de arcanos rojos,

que no me había sentido tan combativo,

con tantas ganas de guerra.




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