Porlamar
25 de septiembre de 2021





EL TIEMPO EN MARGARITA 28°C






Nostalgia lineal
Mi Catira margariteña nació muchísimos años después del quiebre del canódromo, sin embargo, estaba en las calles de Margarita, sin duda era una mestiza con bastante de galgo
ladendalal@hotmail.com / http://dalalelladen.blogspot.com / YouTube: Dalal El Laden

9 Sep, 2021 | Para ti, Elimar González, por cuidar y amar tanto a Catira y a Niquita. De alguna manera siguen vivas bajo tus árboles tacarigüeros. Muchas gracias por siempre, querida amiga.

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“Entonces vi en una esquina del jardín la piedra blanca que pusiste donde enterraste a Guacuco”.

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“Los perros nos ayudan a entender nuestra relación con Dios. Ellos también nos observan con adoración, con fe, y les encanta lamernos los pies mientras nos escuchan decir palabras que perciben como celestiales”.

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Insistimos en hacernos muchas preguntas, sin importar las pocas respuestas. Lo que es un hecho es que este mundo cada segundo nos sorprende, aunque no siempre estemos conscientes de esto.

¿Cómo llegaste? Es increíble el parecido, cuando te veo de perfil y me concentro en tu mirada, la piel se me pone de gallina, los ojos se me cristalizan hasta el llanto, siento que eres mi primera Catira, y que, desde otro universo, viniste con este otro cuerpo.

Gracias a la vida por estos misterios vueltos regalos de alegría.

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FOTO: CORTESIA

Cada vez que me observa y me lame, mi Catira libanesa me afirma que mi Catira margariteña sigue conmigo / FOTO: CORTESIA

Su servidora escribió esto en febrero pasado, un par de días después de que Catira, mi perrita libanesa, llegara, solita, en pleno invierno, a esta casa (ubicada en Ghaza, El Valle del Bekaa), buscando más que calor. Apareció justo unas dos o tres semanas después de yo haber leído “El entierro”, uno de los cuentos de “La nostalgia esférica”, de Federico Vegas, narración que me hizo y me hace sentir muy cerca de mi primera Catira, la margariteña, a quien, hace ocho años –al verla sola, en Porlamar, en la calle Igualdad, cachorrita, toda mojada por la lluvia, muy temblorosa–, decidimos adoptar.

Mi Catira margariteña tenía muchísimo de galgo. Al leer “El entierro” imaginé que el autor se refería a ella, ya que, además, se desarrolla en Margarita. Por los minutos que duró la lectura y otros más hasta que pude conciliar el sueño (ya es un vicio leer hasta altas horas de la noche), esa nostalgia (por el recuerdo de Catira, por extrañar con desenfreno nuestra isla, por hoy estar tan lejos de ésta, por hace más de tres años haberme ido de Venezuela, para venir hasta acá y no aguantar más de cuatro meses, regresar, estar con Catira, verla irse inesperadamente de este mundo –queremos creer que fue así para acompañar a Niquita, mi otra perrita, La Gordita, viejita linda, en su esperada partida–, luego volver a Líbano, donde no sé cómo hoy he cumplido año y medio) se ha convertido en una nostalgia esférica, así es, porque va y viene, este salir de nuestra tierra y añorar regresar, regresar y no saber si quedarnos o volver a irnos, tal como nos transmiten estos relatos; nostalgia esférica que, entre tantos otros sentimientos, se transformó en nostalgia lineal, así es, con un destino directo, a mi corazón, asegurando esta respiración –hoy también, al releer esta historia, como la primera madrugada, al leerla– entrecortada.

“Veinte años después de partir para Europa, estaba de vuelta en Caracas (…) Yo regresé a Venezuela gracias a un perro (…) Mi itinerario era Barcelona, Madrid, Maiquetía, Margarita. Allí vive mi mamá en una casa de La Asunción (…) Una mañana estábamos juntas en Playa Guacuco cuando pasó un galgo corriendo por el borde del mar. Lo perseguían dos niños (…) eran hijos de una vendedora de empanadas (…) me acerqué al puesto (…) el galgo miraba el mar con pose de esfinge egipcia. La dieta de pescado le había hecho bien. La piel y los ojos le brillaban. Lucía joven y con ganas de competir frente a una tribuna de apostadores. Fue entonces cuando caí en cuenta de que un galgo es un animal muy costoso para andar realengo en una playa de Margarita (…) Pregunté por el origen del perro (…) Sus hijos lo encontraron abandonado en la calle. Hacía meses que el Canódromo de Porlamar había cerrado luego de una quiebra estrepitosa. Al final se marcharon los vigilantes y se quedaron docenas de animales aullando de hambre en sus pequeñas jaulas. Alguno de los saqueadores que arrancaron hasta los urinarios de los baños se apiadó y los dejó libres. Primero habrán correteado por las pistas de sus recientes glorias, luego salieron a la calle a mendigar comida y cariño.

En Margarita nadie les prestó atención a unos seres despreciados por sus legítimos dueños. Si alguien los hubiera puesto en venta, quizás aquellos bólidos hubiesen encontrado comprador, pero así, vacilantes, flaquísimos, con el rabo entre las piernas y hediondos a pánico, nada valían. Son animales demasiado nerviosos, que cuestan una fortuna en una pista y muy poco en una playa del Caribe (…) Al regresar (…) mi madre me reclamó:

-¡Por qué tardaste tanto!

-Estaba comprando un perro (…)

Cuando llegaron los niños jalando a mi galgo con un pedazo de cable, mamá estuvo un rato acariciando sus orejas (…) Y fue gracias a Guacuco que regresé a Caracas (…) Al principio era un galgo barométrico que temblaba con la lluvia y colapsaba con los aguaceros; poco después fue madurando y solo lo alteraban los fuegos artificiales en diciembre, asustándose hasta con el crispar de sus largas uñas en las baldosas del piso. Hacia el final de su vida, ni siquiera se inmutaba cuando me veía hacer una maleta, simplemente entraba en una depresión de poeta y aguardaba mi regreso contemplando el vacío en mi cama (…)

La primera vez que lo llevé al veterinario por sus tembladeras, este me explicó que en los canódromos premian a los buenos corredores con inyecciones de esteroides, por eso algunos no llegan ni a los siete años. Mientras mejor es el perro, más fuertes son las dosis”.

Repito, leer esto me dobló, igual que ahora con la relectura. Dios debe estar muy enojado con nosotros, supuestos humanos.

Mi Catira margariteña nació muchísimos años después del quiebre del canódromo, sin embargo, estaba en las calles de Margarita, sin duda era una mestiza con bastante de galgo: aparte de las características de su cuerpo, nadie la alcanzaba cuando corría, sus nervios ante casi todo lo que le rodeaba nunca dejaron de preocuparnos (ni recordar cuando escuchaba los fuegos artificiales); era tan, tan sensible, tan especial, como ningún otro perro que he tenido.

Cada vez que me observa y me lame, mi Catira libanesa me afirma que mi Catira margariteña sigue conmigo; como buena maestra, sabia, paciente, dedicada, insistente, me dice que la muerte no es más que la continuación del vivir mientras tengamos presentes a nuestros seres amados.

Ghaza, El Valle del Bekaa (Líbano), 25 de julio de 2019.




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