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27 de noviembre de 2022





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"Fantasmas del Valle", un cuento del joven escritor neoespartano Sebastián Piña
Lo que he podido observar de la obra de este escritor de la tierra de la sal no tiene desperdicio. Es una producción meticulosa, delicada en los aspectos mínimos, rica en las imágenes y en la descripción de los escenarios y sus ambientaciones.
Juan Ortiz

20 Jul, 2022 | Di con las letras de Sebastián David Piña Ortuñe gracias a los buenos oficios de Levannys Figueroa, joven escritora cuya obra ya ha ataviado estos espacios transeúntes. Cuán grata sorpresa, debo decirlo, pues he visto en el trabajo de este muchacho un esmero enorme, con un nivel de detalle y manejo de la gramática de altura.

Foto: Cortesía Levannys Figueroa

Sebastián David Piña / Foto: Cortesía Levannys Figueroa

Piña Ortuñe domina diestramente el cuento y la poesía, como si llevase ya 30 años escribiendo —o quizá más—. Sin embargo, redacto esto justo el día en que el joven escritor margariteño cumple sus 17 años (19/07/2022).

Se puede apreciar en su obra una inclinación al terror y a la prosa poética, algo que resulta normal en él, pues es un asiduo lector de Franz Kafka —su autor preferido—, Edgar Allan Poe y de Stephen King. También ha leído a Richard Mathenson y a Joe Hill, por lo que tiene buena escuela, sus gustos lo evidencian notablemente.

Lo que he podido observar de la obra de este escritor de la tierra de la sal no tiene desperdicio. Es una producción meticulosa, delicada en los aspectos mínimos, rica en las imágenes y en la descripción de los escenarios y sus ambientaciones.

Al ver el trabajo literario y poético de Sebastián es imposible que no me suceda lo mismo que me pasa al leer a Levannys Figueroa, el pecho se me hincha de orgullo ñero, e, insisto, reitero: qué hermoso momento de florecimiento viven las letras neoespartanas, sus jóvenes están generando material de calidad, están formándose y creciendo en el oficio, pese a las adversidades.

Sebastián tiene como planes próximos empezar sus estudios de psicología en la Unimar, así como también el seguir optimizando la calidad de sus letras. Como guinda del plato: desea terminar pronto la novela que está escribiendo. Y sí, un joven margariteño de 17 años está terminando su primera novela.

Desde aquí, desde Transeúnte, se celebra su pluma y se bendice su camino en este nuevo año al que arriba. Además, se comparte su trabajo a la comunidad neoespartana para que constaten la calidad de su obra. Que siga la buena labor, Sebastián, en pro del crecimiento de la literatura y la poesía de estas islas guaiqueríes.

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“Fantasmas del Valle”

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Desde que tengo uso de razón he escuchado decir lo siguiente: “Eva es fuente de vida, creadora de todo lo conocido y desconocido de este plano terrenal. Su belleza es severa; ama esbelta y poseedora de un carácter que derrite corazones. Se pasea por un valle olvidado luciendo una bonita piel translúcida, más blanca que el papel, más hermosa que las perlas del mar».

Esas eran las palabras que, de boca en boca, solían repetirse en la zona en la que crecí. Era bien sabido que el Valle albergaba montones de historias de toda índole, sin embargo, la de los fantasmas enamorados era, por mucho, la más popular.

Estoy seguro de que esto se debía —y digo "debía" porque en la actualidad nadie cree en esas historias— a su mensaje; no es una historia truculenta, de esas que causan pesadillas a los más pequeños, sino, más bien, una leyenda melancólica, que entristece hasta al más frívolo de los corazones.

Y es que el susto se pasa rápido, pero la tristeza..., bueno, esa es otra cosa.

A lo largo de docenas de años, pocos han sido los ojos dichosos de haberla atisbado a ella, Eva, aunque esto fuera solo por unos míseros segundos.

Con orgullo avasallador digo que yo presencié al fantasma del Valle.

Después de tanto tiempo, no soy capaz de recordar por qué estaba allí; era solo un adolescente, ahora soy un anciano, y ni siquiera recuerdo dónde queda ese bendito lugar. De lo que sí estoy seguro es de que estuve allí, pisé el campo, toqué el aire, y sentí la magia, perceptible solo en lugares plenos: me refiero a esa energía que se siente en el bosque, la playa, el desierto, lugares donde el alma del pasado respira en la nuca de los presentes.

Así, pues, mi yo adolescente, andando con aire distraído por el Valle, sin pensar en nada, acabó por llegar a un pequeño jardín lleno de flores blancas. En medio de las plantas yacía un cuerpo femenino arropado en un largo y viejo vestido; la pálida piel del cuerpo era tan clara que podía confundirse con la tela de su ropa.

No sin algo de desconcierto, observé a la misteriosa muchacha dormir durante un rato, ignorando que debía lucir como un pervertido o acosador. Pasó un minuto, o quizás dos, no lo sé. Pronto la chica abrió los ojos y me miró fijamente.

—Hola —dijo, sentándose en el césped—. ¿Quién eres y qué haces aquí?

Tragué saliva.

—Bueno, yo soy Stephen... Y no hago nada —respondí.

—Ujum. Soy Eva... ¿En serio pretendes que crea que llegaste aquí sin hacer nada?

Bajé la mirada.

—Es que..., solo me paseaba por el Valle, y casualmente llegué a este jardín. Es todo.

Ella, la chica pálida, miró a su alrededor como si nunca antes lo hubiera visto.

—Ujum —asintió—. Parece que por fin regresé. Vaya, después de tanto tiempo.

Enarqué las cejas.

—¿Después de tanto tiempo? —pregunté—, ¿cuánto tiempo llevas aquí exactamente?

Sus ojos brillaron, y exhibió una sonrisa que formaba dos hoyuelos en forma de comillas en sus mejillas.

—Han pasado años desde la última vez que estuve aquí —dijo en un tono soñador—. Eso significa que él volverá pronto.

Ignorando sus palabras y lo extraño de la situación, me senté a su lado. Repentinamente, sentí un escalofrío recorrer mi espalda al notar que la blancura de su piel era casi fantasmal.

—Entonces... —comencé a decir—, ¿han pasado años desde que llegaste? Eso es..., cómo decirlo, muy loquito.

La chica se echó a reír, y sus ojos se achinaron, dándole a su fisonomía un aspecto oriental. Entonces dijo:

—¿Sabes? Estaba enamorada de un muchacho. Él me invitó a este lugar, donde iba a confesarme su amor. Ese día salí de casa y, entrando al Valle, vine corriendo al jardín. Lo esperé durante horas, pero no llegó, sino hasta el anochecer...

Se detuvo en seco, pensativa. De pronto el ambiente se puso tenso; fuimos eclipsados por una gran sombra y reparé en que ya estaba anocheciendo. Es difícil de explicar el por qué, pero un miedo quejumbroso comenzó a cosquillearme la nuca. Mi cuerpo empezó a tiritar por el frío que llegaba en oleadas repentinas.

—Deberías irte —dijo Eva.

Tras decir esas palabras, se desvaneció lentamente en el aire, y su resplandor se alejó con la brisa; donde antes había una hermosa señorita, ya no quedaba nada más que un recuerdo.

Asustado y confundido comencé a alejarme del jardín, corriendo a la velocidad máxima que mi cuerpo me permitía. Unos segundos más tarde oí un terrible alarido que me estremeció los huesos, volteé la mirada por encima del hombro y vi a Eva, recostada sobre los brazos de un joven esbelto.

Tragué saliva.

Del pecho de Eva salía la empuñadura de un cuchillo, y una enorme mancha carmesí se formaba en su vestido. A pesar de la distancia, pude ver que las lágrimas surcaban sus mejillas, y brillaban como perlas. Me envolvió una tristeza indescriptible, y antes de que me diera cuenta, yo también estaba llorando.

Entonces, la escena pasó de mal a peor, Eva arrancó con frialdad el cuchillo de su cuerpo y lo enterró en el pecho del muchacho que la sostenía en brazos. De inmediato, un chorro de sangré comenzó a manar del pecho del sujeto, y, pese a ello, él no pareció alarmarse.

Ambos permanecieron así. Juntos y heridos. Sin más, en un abrir y cerrar de ojos sus fantasmales figuras fueron arrastradas por el viento, y desparecieron del paisaje sin dejar rastro alguno, más que en mi memoria, claro.

Fue esa la primera y última vez que vi a un par de fantasmas romper sus corazones mutuamente. Porque de algo estaba seguro: aunque yo no lo viera, aquella escena iba a repetirse, aquellos seres iban a juntarse de nuevo, y se romperían de nuevo, y desaparecerían de nuevo; eran, por así decirlo, inmortales.




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