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“Habemus Papam” Franciscus PP
Santo Padre, desde este privilegiado rincón del mundo, en medio del mar Caribe, desde la isla de Margarita, quiero pedirle su bendición para todos los venezolanos.
José Gregorio Rodríguez Jotaerre577@gmail.com

16 Mar, 2023 | Según el testimonio de quienes esperaban bajo la lluvia en la plaza de San Pedro en la Ciudad del Vaticano el 13 de marzo del 2013, apenas pasadas las siete de la noche comenzó a salir humo “gris” de la chimenea de la capilla Sixtina y una hora “eterna” más tarde, junto con el humo blanco que asomaba por la chimenea de la ermita Vaticana, el cardenal Jean-Louis Touran, pronunció el clásico “habemus papam” anunciando que el cónclave del Colegio Cardenalicio, había elegido “un nuevo heredero del vicario de Cristo, del apóstol Pedro”, que el cardenal argentino José María Bergoglio, era el nuevo sumo pontífice de la iglesia católica.

El cardenal Bergoglio, se convirtió en el primer Papa sudamericano, además el primer sacerdote de la Compañía de Jesús (Jesuita), en lograrlo. Sucedió a Benedicto XVI, de nombre secular Joseph Ratzinger, quien renunció tras ocho años de “papado”.

El nuevo Papa decidió llamarse Francisco, en homenaje a San Francisco de Asís, el “patrón de los pobres” y se convirtió en el Sumo Pontífice número 266. Su "mandato" no ha estado alejado de la polémica, pero en este humilde trabajo queremos comentar el que estimamos su principal aporte a la humanidad entera, a la iglesia católica, a las demás iglesias del orbe; el ejercicio del "ecumenismo", del diálogo permanente con todas las maneras de creer en Dios que existen en el mundo.

Creo que nadie en lo que hasta ahora he leído sobre la materia ha podido resumir de mejor forma los 10 años del Papa francisco al frente de la iglesia católica, como el teólogo y biblista argentino Marcelo Figueroa: “El ecumenismo es, sin duda, uno de los pilares o vías de confluencia más significativos del pontificado del Papa Francisco. Me refiero al término ecumenismo en un sentido amplio (en griego Oikoumene, tierra habitada) para incluir lo que conocemos como diálogo interconfesional e interreligioso. Sin embargo, en el caso del Papa Bergoglio, debemos ampliar aún más el concepto. Para reflexionar sobre su enfoque y aporte ecuménico, es imprescindible incluir miradas hacia y desde la interculturalidad de razas y cosmovisiones, la interconectividad del cosmos creado, la interrelación de ecosistemas y la inculturación periférica y popular. Este último concepto es fundamental para que nos envuelva la luz del pensamiento bergogliano sobre la verdadera conversión ecuménica integral. Para ello, hay que imaginar a los pueblos pobres y a los que viven en contacto con la naturaleza, cada elemento de la creación y del cosmos y, por supuesto, cada mirada trascendente y religiosa como sujeto mítico de su hermenéutica ecuménica. Todo esto se comprende plenamente si lo leemos con las gafas cristocéntricas del Papa Francisco. Y se traduce en la riqueza de mantener su visión de Jesús como garante de todos los secretos de la sabiduría y de la ciencia (cf. Col 2,3), de sostener sin fundamentalismos su identidad cristiana en la solidez de una encarnación que sana la herida de toda la humanidad (cf. Jn 1,14) y enriquece su catolicidad con una actitud dialógica conciliadora”.

También coincido con Figueroa, quien afirma que, “el momento culminante de la palabra y la influencia del Papa Francisco, por todo su dramatismo y universalidad, fue su discurso en la lluviosa noche del 27 de marzo de 2020, en plena pandemia. Frente a aquel ‘virus ecuménico’ fue el Papa Bergoglio solo en una Plaza de San Pedro vacía y silenciosa quien tuvo palabras de esperanza para un mundo que sufría. Las palabras de aquella Statio Orbis aún resuenan en el cosmos y en nuestros corazones”.

Quiero entonces, como un humilde homenaje a los 10 primeros años de ejercicio del Papa Francisco, recordar con ustedes algunas reflexiones de esa homilía:

“Al atardecer (Mc 4,35). Así comienza el Evangelio que hemos escuchado. Desde hace algunas semanas parece que todo se ha oscurecido. Densas tinieblas han cubierto nuestras plazas, calles y ciudades; se fueron adueñando de nuestras vidas llenando todo de un silencio que ensordece y un vacío desolador que paraliza todo a su paso: se palpita en el aire, se siente en los gestos, lo dicen las miradas. Nos encontramos asustados y perdidos. Al igual que a los discípulos del Evangelio, nos sorprendió una tormenta inesperada y furiosa. Nos dimos cuenta de que estábamos en la misma barca, todos frágiles y desorientados; pero, al mismo tiempo, importantes y necesarios, todos llamados a remar juntos, todos necesitados de confortarnos mutuamente. En esta barca, estamos todos (…) La tempestad desenmascara nuestra vulnerabilidad y deja al descubierto esas falsas y superfluas seguridades con las que habíamos construido nuestras agendas, nuestros proyectos, rutinas y prioridades. Nos muestra cómo habíamos dejado dormido y abandonado lo que alimenta, sostiene y da fuerza a nuestra vida y a nuestra comunidad. La tempestad pone al descubierto todos los intentos de encajonar y olvidar lo que nutrió el alma de nuestros pueblos; todas esas tentativas de anestesiar con aparentes rutinas salvadoras, incapaces de apelar a nuestras raíces y evocar la memoria de nuestros ancianos, privándonos así de la inmunidad necesaria para hacerle frente a la adversidad. Con la tempestad, se cayó el maquillaje de esos estereotipos con los que disfrazábamos nuestros egos siempre pretenciosos de querer aparentar; y dejó al descubierto, una vez más, esa (bendita) pertenencia común de la que no podemos ni queremos evadirnos; esa pertenencia de hermanos (…) ¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe? El comienzo de la fe es saber que necesitamos la salvación. No somos autosuficientes; solos, solos, nos hundimos. Necesitamos al Señor como los antiguos marineros las estrellas. Invitemos a Jesús a la barca de nuestra vida. Entreguémosle nuestros temores, para que los venza. Al igual que los discípulos, experimentaremos que, con Él a bordo, no se naufraga. Porque esta es la fuerza de Dios: convertir en algo bueno todo lo que nos sucede, incluso lo malo. Él trae serenidad en nuestras tormentas, porque con Dios la vida nunca muere (…) El Señor nos interpela y, en medio de nuestra tormenta, nos invita a despertar y a activar esa solidaridad y esperanza capaz de dar solidez, contención y sentido a estas horas donde todo parece naufragar. El Señor se despierta para despertar y avivar nuestra fe pascual. Tenemos un ancla: en su Cruz hemos sido salvados. Tenemos un timón: en su Cruz hemos sido rescatados. Tenemos una esperanza: en su Cruz hemos sido sanados y abrazados para que nadie ni nada nos separe de su amor redentor. En medio del aislamiento donde estamos sufriendo la falta de los afectos y de los encuentros, experimentando la carencia de tantas cosas, escuchemos una vez más el anuncio que nos salva: ha resucitado y vive a nuestro lado (…) ¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?. Queridos hermanos y hermanas: Desde este lugar, que narra la fe pétrea de Pedro, esta tarde me gustaría confiarlos a todos al Señor, a través de la intercesión de la Virgen, salud de su pueblo, estrella del mar tempestuoso. Desde esta columnata que abraza a Roma y al mundo, descienda sobre vosotros, como un abrazo consolador, la bendición de Dios. Señor, bendice al mundo, da salud a los cuerpos y consuela los corazones. Nos pides que no sintamos temor. Pero nuestra fe es débil y tenemos miedo. Mas tú, Señor, no nos abandones a merced de la tormenta”.

Santo Padre, desde este privilegiado rincón del mundo, en medio del mar Caribe, desde la isla de Margarita, quiero pedirle su bendición para todos los venezolanos.

¡BENDICIÓN PADRE FRANCISCO!




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