Porlamar
15 de noviembre de 2018





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La vida es un carnaval, ¡que viva el carnaval!
Pasa la caravana entre rumbas y tamboriles, salsas y melaos melambas antillanos, empertigadas garotas con colas de pavorreal exhibiendo el origen del mundo en sus ombligos, tongoleles y mamarrachos en un salpicón afrodescendiente, por la encendida calle va "tembamdumba de la quimbambá"...
Ramón Ordaz | rordazq@hotmail.com

14 Feb, 2018 | Uno se equivoca, claro que uno se equivoca, y rinde sus baterías, quisiera decir linternas, ante el poderío de lo mayúsculo, ante los avasallantes Torquemadas que imponen sus inquisiciones, todas las armas entre cielo y tierra hasta que te arranques el orgullo y entiendas definitivamente que tus muertos, vale decir la vasta y rebelde familia que no se deja seducir por utopías que un día fueron y que el único hallazgo, cuando pisaron tierra, fue contribuir con sus alas de murciélagos a que la ficción que llamamos realidad sea cada vez más oscura. Cierto, la Utopía tiene sus catedrales y el Rey Vampiro las dirige a todas. Succiona, chupa, extrae hasta la más mínima gota de sangre de los inocentes que, inspirados por calvarios redentoristas, extenuados, exhaustos, canijos, con el cuero pegado a los huesos, imposibilitados de verter saliva por lengua alguna, ciegos, miasmáticos y cismáticos, de rodillas, autoflagelantes, pidiendo perdón por haber venido a este mundo, se prosternan ante el Rey Drácula.

Pasa la caravana entre rumbas y tamboriles, salsas y melaos melambas antillanos, empertigadas garotas con colas de pavorreal exhibiendo el origen del mundo en sus ombligos, tongoleles y mamarrachos en un salpicón afrodescendiente, por la encendida calle va "tembamdumba de la quimbambá", Palés Matos y Nicolás, "Sensemayá la culebra, sensemayá la culebra"; el colorinche va de un rostro a otro, y no hay máscaras, porque todo es máscaras, ¡cosa más grande, asere! Ruedan los camiones y "picoses" con los cauchos lisos y estornudando feo, con ronquidos de altoparlantes que parecen chanchos camino al matadero, bambalinas y bombas lindas que remecen el esquelético pectoral buscando sincronizar con el aguafiestas de las caderas, porque cierta alegría estéril, cierto anémico popurrí con desgonzados pasos ante la muerte de un cisne, cierto tísico, asmático jolgorio no alcanza a entonar "tú lo que quieres que me coma el tigre, que me coma el tigre, mi carne morena", y no hay felinos a la vista porque ante cualquier ración de posta no tienen cabida en la libreta. ¡Cosa más grande, el "carnivale"!

De Porlamar a La Asunción, de Juan Griego a La Asunción, la famélica caravana pasa y se encuentra con sus domésticos polvos, con sus harinados, inodoros goces, con sus acarameladas nostalgias de aquellos tiempos de mejores azúcares, cuando en Santo Domingo "ya todos bailan merengue apambichao, les gusta mucho bailar de medio lado", y por las ondas no llega Damirón, menos la Matancera. Cosa más grande la Momocracia, porque allí todos nos parecemos o, mejor, nos desparecemos, o desaparecemos bajo el atril de una partitura que no oye nadie, que no puede oír nadie, porque en esta fragata de tres palos quebrados, bolivariana y romana, se lee en sus costados, a babor y estribor, Pan y Circo: ¡que viva el Carnaval!




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