Porlamar
17 de noviembre de 2018





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El sacrificio diario..
Va usted a la panadería hoy y el campesino cuesta un ojo de la cara y el llamado siciliano los dos juntos, cuando ambos no tienen ni el tamaño ni el peso que la autoridad ordena tengan. Ya para mañana el precio sube y su tamaño achica.
Ángel Ciro Guerrero /angelcirog@hotmail.com

18 Oct, 2018 | Usted abre la llave y, si llega agua, el líquido es marrón, porque trae tierra.

Y, mire usted, el olor es tan fétido que decidir si nos bañamos o no cuesta, pues termina uno igual o peor que lo que lo está mojando..

Corre, además, el riesgo de quedarse enjabonado ya que el llavero, si algo tiene, es corazón de acero. No atiende ruego alguno y cumple como nadie con su implacable horario.

Si usted tarda en la calle y se le pasó la hora, olvídese, dormirá sudado y se despertará mañana oliendo a mono.

O se va a luz y el tanque azul no funciona. Cuidado si se le quema la bomba. La más chiquita sobrepasa los mil millones viejos, sin mencionar que ya se le han dañado, mejor dicho electrocutados, tanto el televisor y la computadora como la radio por las constantes subidas o bajas del servicio.

Y no hablemos del aparato de aire acondicionado, aquí tan indispensable como lo es ahora el celular. O respirar, sí, respirar.

Va usted a la panadería hoy y el campesino cuesta un ojo de la cara y el llamado siciliano los dos juntos, cuando ambos no tienen ni el tamaño ni el peso que la autoridad ordena tengan. Ya para mañana el precio sube y su tamaño achica.

O amasan sólo uno llamado pan de maíz, más pequeño que dos puños y cuesta caro, pero que la gente compra obligada porque es lo único que a propósito venden, ya que las populares canillas casi nadie las adquiere por ser tan delgadas que dan lástima y tan cortas que de broma miden un palmo bien estirado.

Lo anterior puede comprobarse, por ejemplo, en las panaderías que se ubican, en la zona céntrica y otras muy cercanas a la autoridad municipal.

Dos de ellas estuvieron varios días cerrados por especular pero reabrieron, oh milagro, con todos los precios por las nubes.

En una, el almuerzo a servir lo componen dos cucharadas de sopa, una de arroz, otra de ensalada rayada, la más marginal de todas las ensaladas del mundo, y un pollo guisado, por ejemplo, con apenas un cuarto de presa, mínimo, al que acompaña, a veces, un pedacito de papa o de zanahoria del tamaño de una uña.

Su precio, antes del cierre, uno. Hoy es otro. Y va subiendo.

Las empanaderas encarecen su producto; un dedo de larga y tan flaca que da lástima, con mucha exageración en precio y escasa guarnición adentro. Y el de una arepa, de circunferencia enana y muy pichirriado su relleno, de verdad asusta.

Es una danza, loca, la de los precios. Y nadie dice nada.

Del servicio de transporte urbano ya hablamos, definitivamente colapsado en todo.

Eso es lo que hay. Respuesta que enardece.

Y vuelvo con el caso de la sombrilla china, que el árabe vivo, porque uno solo tonto no hay, ahora vende a 250 soberanos cuando, hace más de diez años vendía a escasos seiscientos bolos, y la tenía guardada esperando que se desatara la tormenta.

La especulación descarada, el robo a mano armada van juntos en cualquier negocio sea grande o chico, sea abasto o supermercado, esté o no presente el guardia nacional o el policía y vaya o no de vez en cuando el fiscal enchalequeado.

La gente dice que el pueblo está robando al pueblo, al referirse al vergonzoso bachaqueo en plena calle, mercado persa, corte de los milagros, caja de Pandora, en fin endílguele el calificativo que usted quiera.

Lo cierto es que es muy doloroso el sacrificio diario. Lo peor: nadie sabe a ciencia cierta cuánto tiempo durará.

¡Qué Dios nos agarre confesados!




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