Porlamar
19 de noviembre de 2018





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Campito no es un diminutivo
Hay poco de diminutivo en este Campito, hay más de cariños, afectos y reconocimientos a la persona singular que cabalga las horas en ese cuerpo que lleva por nombre Jesús Rafael, una humilde mezcla del ícono de la cristiana gente y el arcángel de los peregrinos.
Ramón Ordaz / rordazq@hotmail.com

1 nov, 2018 | El lugar del hombre, su más mínima trascendencia, son sus obras, sean estas espirituales o materiales; tangibles o intangibles. Hay quienes tan solo nos dejaron su palabra en la asamblea de la tribu y sus herederos le dieron continuidad a través de una cadena de tradición oral. Ninguna palabra se profiere en vano: o convoca a los espíritus afines, de buena ley, o desata los demonios para una noche de Walpurgis. Así se mueven los pueblos y sus colectivos. Así también cada individuo. La palabra paz en boca de un ser demonizado, por mucho que la invoque, arrastrará consigo lo que realmente bulle en su mente perturbada. Ese “a Dios rogando y con el mazo dando” es expresión fiel del más cruel desquiciamiento desde donde dictan cátedra los “líderes” actuales. Preferimos otra de abolengo bíblico, “obras son amores, y no buenas razones”, a la hora de refrendar las ejecutorias de un amigo y un batallador cultural como Jesús Rafael Cedeño, más entrañablemente “Campito” para quienes hacen de la amistad una devoción gozosa y gratificante.

Hay poco de diminutivo en este Campito, hay más de cariños, afectos y reconocimientos a la persona singular que cabalga las horas en ese cuerpo que lleva por nombre Jesús Rafael, una humilde mezcla del ícono de la cristiana gente y el arcángel de los peregrinos. Oficiante de actos públicos, guía del camino en donde muchos se pierden, Campito bien temprano ejercitó las artes de dirigir, conferirle voz en la representación a sus personajes y, para corroborarlo, está su experiencia en el Teatro de Guiñol, el apasionante universo de los títeres. Los muñecos quedarían como historia del pasado, porque empresas más arduas y elevadas lo llamaban, la vocación del testimonio, a dar fe de sus vivencias del ayer y del presente, más allá del amargo contraste que deja el estigma de la comparación. Los desequilibrios y alteraciones del entorno insular que trajo consigo la “modernización” con la Zona Franca y el Puerto Libre no pasaban inadvertidas a su renovada búsqueda. Por el sendero de Jesús Manuel Subero, Rosauro Acosta, Ángel Félix Gómez su palabra empeñó también su esfuerzo en el imperecedero género de la crónica. “Rafael González, más allá de ‘El Carite’”, “Cabotaje”, “Brasilerías” y “Croninsulario” son obras que lo distinguen como cronista de pulso y solera, que lo acreditan sin minusvalía alguna ante sus iguales.

En “Brasilerías” y “Croninsulario” se deja llevar por la brisa marina de Pueblo de la Mar hasta ese punto donde la nostalgia tensa la nota lírica para que el viento no pase de balde. Campito, contradictoriamente, es un aumentativo por sus obras. En la Asociación de Escritores, en el Club Progreso y en muchas otras actividades donde su presencia era insoslayable, ha sido uno de esos hombres columna, hombres pivote que mueven el mundo.




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