Porlamar
10 de diciembre de 2019





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Se me extravió la noche
Una nostalgia abate mi existencia. Me duele su ausencia. Es un dolor que arde en mis entrañas, que no cesa. Perder lo que se ama, es el dolor infinito de la humanidad.
Tarcisio Rodríguez │tarcisior_rodriguez@hotmail.com

01 Dic, 2019 | Se me extravió la noche. La tenía guardada en el ordenador itinerante de mi conciencia, donde selecciono, con rigor, los temas más sublimes y sagrados de mi ser. No sé qué se me hizo. O qué manos arteras irrumpieron ese lugar privado. Ella, que fue mi fiel compañera en las ausencias más tristes de mi vida. Ella, que alivió mis insomnios en los más terribles momentos de mi existencia. Ella, que mitigó mi dolor, cuando el silencio se expandía, inexorablemente, por los fríos intersticios de mis entrañas.

La llamo. No responde. Mi voz es un eco que corre desesperado, por los filosos acantilados, de una soledad que se abraza con el viento. Me detengo, siento un cansancio en mi alma y, el horizonte me dice que me calme.

La busco por todos los resquicios de la ausencia y, no la encuentro. Ella, que dejó una impronta indeleble, en el andar y desandar de todas mis angustias. Persisto en su búsqueda. Nada me detiene. Hay un vacío que me atormenta y me deja sin aliento.

¿Dónde estará? ¿En qué lugar del planeta se hallará? ¿Estará en las alas del viento? ¿Estará al otro lado del firmamento? ¿Estará en el ocaso del sol? ¿Estará en la última ola que besa la orilla? ¿Quién la tendrá? Ella, que fue mi luz de tantos años de infortunios.

Dime, silencio, ¿dónde puedo encontrarla? La noche es un cuerpo que viaja desnuda, por laberintos de soledades y ausencias. La noche es la otra cara del universo, donde el sol duerme a plenitud. La noche es la tumba más sagrada de la humanidad, donde el silencio alcanza su eternidad.

Una nostalgia abate mi existencia. Me duele su ausencia. Es un dolor que arde en mis entrañas, que no cesa. Perder lo que se ama, es el dolor infinito de la humanidad.

De tanto hurgar por las sendas de mi conciencia, oí una voz que me susurraba al oído. ¡Era ella! Estaba sentada en la almohada del silencio; la había extraído para acariciarla y, olvidé colocarla en su lugar. Una alegría inefable brilló en su rostro. Me arropó. Tomó mi mano y, nos fuimos caminando por esos mundos infinitos de la conciencia.




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